Rodeada de fuentes hídricas, pero sin agua potable, la ironía del Amazonas

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Pese a contar con una alta disponibilidad de recursos hídricos, en el Amazonas colombiano sus habitantes no gozan de la posibilidad de abrir el grifo y recibir agua de calidad para su consumo y las labores domésticas.

El departamento del Amazonas está constituido por nueve áreas no municipalizadas (Tarapacá, La Pedrera, Puerto Santander, La Chorrera, El Encanto, Puerto Arica, Puerto Alegría, La Victoria y Mirití Paraná) y dos municipios: Puerto Nariño y Leticia, su capital. Con 110 000 km² y más de 76 mil habitantes es el más extenso y el cuarto menos poblado del país.

Reconocido por su inigualable biodiversidad, de la que se destacan 674 especies de aves, 158 de anfibios, 195 de reptiles, 212 de mamíferos, de 753 peces y más de 6300 plantas diferentes de flora, el Amazonas es un escenario de bosque tropical en el que confluyen infinidad de árboles, palmas, hierbas, plantas y bejucos o lianas; es un sistema ‘invisible’, como lo llamarían científicos de la Universidad de Antioquia en estudios realizados allí.

Este sistema surte y regula el agua del departamento, y en conjunto con los demás departamentos de la Amazonía Colombia y los otros ocho países de la macrorregión, también el agua del continente, que llega a todos a través de la lluvia, los ríos y en algunos casos, los acueductos.

Infortunadamente, y pese a que cuenta con una alta disponibilidad de recursos hídricos (ríos, lagos y lagunas) y una precipitación media multianual de 2 800 a 3 200 mm, el departamento del Amazonas no goza de un suministro adecuado y suficiente de agua potable.

El bajo rendimiento de su acueducto y el alto costo que representa el poder contar con dicho servicio son las mayores limitantes para que sus habitantes tengan la posibilidad de abrir el grifo y recibir agua de calidad para su consumo y las labores domésticas. Las nueve áreas no municipales cuentan con acueductos viejos y obsoletos, condiciones a las que se suma el hecho de tener las bocatomas en ríos donde se presenta minería ilegal, lo cual expone a estas comunidades a la contaminación por mercurio.

Su capital, Leticia, ha tenido que atravesar por una crisis de agua. El acueducto, que se surte de la microcuenca del Yahuarcaca, resulta insuficiente para suministrar este líquido a los más 42 mil leticences y en la actualidad solo abastece al 30 por ciento de su población. Esta presenta problemas en épocas de estiaje y disminuye la calidad de agua en la fuente por aumento en la cantidad de sólidos, lo que además ocasiona problemas como la parasitosis, detectada en altos niveles especialmente en la población infantil.

Ante estas condiciones, y teniendo en cuenta el marco de cooperación propuesto para el alcance del ODS 6, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), líder del Programa Mesoamérica sin Hambre, apoyado por la Agencia Mexicana de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Amexcid), y en alianza con la Cancillería de Colombia en el marco del Plan Fronteras, llegó a Leticia en 2017 con una iniciativa de sistemas de captación y potabilización de agua lluvia (SCALL), posibilitando el acceso a agua potable a las comunidades indígenas de La Libertad, Zaragoza y San Martín de Amacayacu.

Hoy, 400 familias de los pueblos tikuna y yagua, asentadas en Leticia (1 400 personas, aproximadamente), disfrutan del suministro con la producción de más de 16 500 litros diarios de agua potable en total. Cada familia recibe semanalmente 40 litros de agua, envasada y tratada por las mismas comunidades en las 3 plantas de potabilización que recolectan agua lluvia en cada comunidad y la purifican para asegurar el acceso y disponibilidad de este recurso vital los 365 días del año.

“Cada sistema cuenta con paneles solares permitiendo el uso y manejo sostenible de dos recursos naturales (energía solar y agua lluvia). El proceso de potabilización inicia con la captación y almacenamiento de 50 mil litros de agua en tanques modulares diseñados para este fin, el agua almacenada, es enviada por motobomba a un tanque de cloración; ya clorada pasa por un filtro de arena, de carbón y dos micro filtros, un regulador de pH, un equipo de luz ultravioleta y un generador de Ozono. Con este proceso el agua es purificada y está lista para ser envasada en botellones de 19 litros y suministrada a cada comunidad”, explica Juan Manuel Bustamante, profesional especializado en emprendimientos de la FAO Colombia, quien ha liderado esta iniciativa en el país.

“El agua es un elemento fundamental para el desarrollo de las comunidades rurales y no puede estar alejada del saneamiento. En regiones como el Amazonas se siente la ironía de contar con mucha agua por estar rodeados de diversos afluentes hídricos, pero no poder contar con agua potable, lo que nos lleva a pensar cómo aprovechar de manera sostenible el agua lluvia” agrega Alan Bojanic, representante de la FAO en Colombia.    

Las plantas de potabilización de agua lluvia son operadas y administradas por las comunidades, a partir de la capacitación inicial brindada por la FAO sobre el manejo técnico y con el apoyo del Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA), quien ha formado a representantes comunitarios para el manejo adecuado y las buenas prácticas.

Estos sistemas tienen una capacidad de potabilizar y purificar más de 300 botellones al día (poco más de 5 500 litros diarios), garantizando en dos días a la semana que todas las familias de las comunidades cuenten con agua para beber y cocinar en sus casas, el resto de días de la semana. El agua embotellada en garrafones se vende a familias de comunidades cercanas generado una red de abastecimiento a nivel local y permitiendo así que familias de comunidades vecinas cuenten también con este recurso.

El esquema de sostenibilidad de este emprendimiento funciona a través de la creación de un fondo rotatorio manejado por un comité del agua en cada comunidad, que a partir de los ingresos que genera el sistema por venta y la recarga de botellones cuenta con los recursos para el mantenimiento de la planta y el pago de los operarios que la manejan.

La venta inicial del botellón, la base para ponerlo en la casa y la tapa dosificadora, tiene un costo de 2 mil pesos y la recarga, programada para los días martes y jueves, cuesta 500 pesos por cada botellón, montos concertados participativamente con las comunidades, los cuales son muy bajos si los  comparamos con el valor comercial que estos tienen en el municipio: 30 mil pesos el botellón nuevo y 1 500 cada recarga, que los habitantes pueden comprar en las únicas dos embotelladoras de agua apta para el consumo humano, Gaseosas Leticia y Gaseosas Río.

En materia de salud, la iniciativa ha dejado un incremento en la salubridad, impacto que ya se ha comenzado a ver, pues enfermedades diarreicas en la población infantil han disminuido considerablemente, tal como se reflejó en un estudio realizado recientemente por el Centro de Salud de Zaragoza, adscrito a la Secretaria de Salud Municipal, en el que se encontró una disminución del 95 por ciento de casos de diarrea infantil, respecto del estudio previo a la instalación del SCALL, realizado en 2017.

“La mejoría ha sido notable, nuestros niños ya no se enferman y ya no tenemos que pagar un alto precio. El agua es fuente de vida y hoy nos da salud” afirma Alirio Caisana, autoridad indígena de la comunidad yagua.

Agua y salud van de la mano. Si bien el agua es fuente de vida, también puede ser la cuna y vehículo de enfermedades cuando esta no es tratada de forma adecuada, resulta ser más un problema que una solución. Gripes, diarreas y padecimientos cutáneos son comunes en la población del departamento, y aunque parecen sencillas de resolver, cuando el sistema de salud es precario, lo son también las soluciones.

“Hemos visto como hermanos de otras comunidades se enferman por tomar agua del río y quisiéramos poder ayudarlos, pero la distancia que nos separa es muy grande y el precio del combustible no permite que lo logremos” Alirio Cuaisa Samuel, Curaca comunidad de la Libertad -Leticia.

Estas tres comunidades coinciden en afirmar que sin saberlo tuvieron la oportunidad de prepararse para la pandemia, no solo por el aislamiento, al que de alguna forma ya están acostumbrados, sino además por comenzar a adoptar prácticas de higiene y salubridad.

Con la llegada de los SCALL, las comunidades han notado el cambio en su salud y han entendido también, por experiencia, que agua y salud van de la mano y se han encargado de replicar estas enseñanzas al interior de sus familias y con los pueblos indígenas vecinos.

En situaciones como las que vive el mundo actualmente, y particularmente Leticia y el Amazonas en general, ha sido un alivio el no tener que salir de sus comunidades en busca de agua potable, exponiéndose a adquirir el COVID-19. Asimismo, han podido resistir al virus porque ya no padecen de gripes sencillas que se transformaban en pulmonías, neumonías y todo tipo de virus respiratorio que en épocas anteriores los obligaba en muchas oportunidades a tener que recibir asistencia médica en el hospital de Leticia.

Calidad, abastecimiento y saneamiento: los grandes retos del agua en Colombia

De acuerdo con el ENA 2018, la demanda de agua en Colombia aumentó cerca del 5 por ciento al pasar de 35.582 millones de metros cúbicos al año en 2014 a 37.308 millones en 2018. ​

Datos de este informe muestran que el sector agrícola es el que más utiliza agua (43,1 %), seguido del energético (24,3 %). Así, también que de los 1.122 municipios que tiene Colombia: 391 son susceptibles por desabastecimiento en temporada seca, 350 no tienen acceso a agua potable de calidad y 450 sufren por discontinuidad del líquido en sus casas. ​

Cifras que demuestran que la brecha entre la cobertura a nivel urbano y rural sigue siendo muy grande. ​

En términos de Saneamiento, menos del 50 por ciento de las aguas residuales en Colombia pasan por plantas de tratamiento, lo que sugiere que 6,2 millones de colombianos reciben en sus casas agua que representa un alto riesgo para su salud.

Esto propone un reto enorme para Colombia. Garantizar el acceso al agua en los próximos 10 años le costaría al país cerca de 20 millones de dólares y actualmente ya tiene un déficit de 5.190.000 dólares​. De no llegar a cubrir ese déficit es poco probable que se cumpla con la meta 6 de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS): agua limpia y saneamiento.

Este ODS ha propuesto, entre otras, metas para el 2030, como: lograr el acceso universal y equitativo al agua potable, a un precio asequible para todos; aumentar sustancialmente la utilización eficiente de los recursos hídricos en todos los sectores y asegurar la sostenibilidad de la extracción y abastecimiento; poner en práctica la gestión integrada de los recursos hídricos a todos los niveles, incluso mediante la cooperación transfronteriza; y, ampliar la cooperación internacional y el apoyo prestado a los países en desarrollo para la creación de capacidad en actividades y programas relativos al agua y el saneamiento, incluidos el acopio y almacenamiento de agua.​

Así, de cara a estos compromisos adquiridos por el país en 2015 al sumarse a la Agenda 2030, el gobierno nacional ha planteado como meta que para el 2022 “8.573.951 personas tendrán acceso a soluciones de agua potable, mientras que 8.516.482 personas tendrán soluciones adecuadas para el manejo de aguas residuales en la zona rural del país”. Con la apuesta máxima que 47 millones de personas en el país tengan acceso a soluciones adecuadas de agua potable, tres millones más de lo registrado en 2018. https://www.ods.gov.co/es/objetivos/agua-limpia-y-saneamiento

Agua, fuente de vida y derecho universal

Se podría pensar que en el planeta azul gozamos de agua suficiente para todos quienes lo habitamos. La tierra, está cubierta en un 71 por ciento por agua y el restante 29 por ciento se registra en la masa continental, lo que contempla también lagos y ríos.

Con tal cantidad, resulta irónico pensar que nuestro planeta tiene un déficit de agua de agua dulce, pero es una realidad, pues tan solo el 3,5 por ciento es dulce y se encuentra a nivel superficial en forma de ríos y arroyos o a nivel subterráneo en forma de acuíferos naturales, y en forma de hielo en los polos y cimas de montañas, mientras que el 96,5 por ciento es salada y está en los océanos.

Esta baja disponibilidad de agua dulce se hace cada vez menor, disminuye debido al crecimiento demográfico, la urbanización y los cambios en los niveles de vida, generando un aumento de las necesidades domésticas, agrícolas, industriales y energéticas. Se estima que para el 2050 la demanda mundial de agua aumentará entre un 20 y 30 por ciento, mientras que el suministro disminuirá de manera alarmante.

En Colombia, el tercer país con más agua, pues solo en un 0,7 por ciento de tierras de la superficie continental mundial, correspondientes a la superficie de Colombia, se concentra el 5% de la riqueza hídrica, de acuerdo el Estudio Nacional del Agua (ENA) 2018, elaborado por el IDEAM.

Colombia cuenta con cinco vertientes: Caribe, Orinoco, Amazonas, Pacífico y Catatumbo, en donde desembocan más de 700 ríos, dentro de los que cuentan como los más importantes los: el Magdalena, Meta, y el río Amazonas; además de cantidades grandísimas de reservas de agua en cerca de 1600 lagunas, lagos, ciénagas y embalses.

 

Además, según datos de la FAO, Colombia es el país del mundo donde más llueve, con precipitaciones promedio de 3 240 milímetros de lluvia cada año.

El acceso al agua, un derecho humano

De acuerdo con la declaración de la Asamblea General de las Naciones Unidas, realizada en julio de 2010: derecho humano al agua y al saneamiento, “todos los seres humanos deben tener acceso a una cantidad de agua suficiente para el uso doméstico y personal (entre 50 y 100 litros de agua por persona/ día) y que sea segura, aceptable y asequible”. ​

Asimismo, el costo del agua no debería superar el 3 por ciento de los ingresos del hogar. La fuente debe estar a menos de 1.000 metros del hogar y su recogida no debería superar los 30 minutos. ​

No obstante, en el mundo 2,1 billones de personas carecen de acceso a servicios de agua potable gestionados de manera segura, lo que implica que la escasez de agua ya afecta a cuatro de cada diez personas.